La vida
Chilindri
A veces la vida se pone frente a ti, negra, grande, afilada. Sus ojos te miran fijamente, sin expresión, todo negrura. No te dice nada, pero debes saber, por su porte y su grandeza, que va directamente a por ti.
Entonces no corras, no pienses.
Colócate de frente, cara alta, pecho arriba, prietos los músculos y serio el rostro. Cítala solamente una vez, con una voz alta, ronca, con la mano arriba y el gesto seguro. Y entonces no te muevas.
Ella arrancará, en línea recta, sin vuelta atrás. Sentirás que tus atributos se hacen pequeños, que los pulmones se agrandan y que el corazón late tan fuerte que te da golpes, como un martillo. Sentirás también que debes huir.
Pero no debes moverte, nada.
Tienes que esperar a que se acerque, a que se haga tan enorme que parezca que no puedes evitarla. Dos movimientos te salvarán. Primero despacio hacia la izquierda, un paso a cámara lenta, y luego otro paso a la derecha, éste tan rápido como un látigo, y la vida pasará junto a ti, rozándote. Cuando sientas su bufido justo detrás de la cabeza ha llegado el momento de correr lejos de allí, por donde no se lo espera, de ponerte a salvo muy deprisa.
Si no lo has hecho bien, habrás sido arrollado, golpeado y arrastrado hasta que alguien, que a veces lo hay, te la quite de encima, con valor y un engaño, o peor aún, habrás sido empitonado y ya no habrá más.
Si lo has hecho bien, si no te has dejado vencer por el miedo que sentías como solamente el miedo se siente, podrás volver la cabeza y mirarla.
Hazlo, pero no te rías, no le hagas un desplante y, por supuesto, no te abras, desafiante, la taleguilla. Solamente mírala, esboza una mueca de alivio, saluda y desaparece.
Porque, te lo aseguro, volverás a verla de frente, sin remedio.